jueves, 25 de noviembre de 2010

VITA NUOVA XXII-XXIII


XXII

Posteriormente pasados no muchos días, como realmente plugo al glorioso señor que no se negó la muerte a sí mismo, el que fuera progenitor de tanta maravilla cuanta se veía que era esta nobilísima Beatriz, saliendo de esta vida, se fue verazmente a la gloria eterna. Por donde, como es que tal irse es doloroso para quienes se quedan y han sido amigos del que se va; y no exista tan íntima amistad como de buen padre a buen hijo y de buen hijo a buen padre; y esta dama fuera de altísimo grado de bondad, y su padre, como muchos creen y en verdad es, fuese bueno en alto grado; manifiesto es que esta dama estaba llena de amargadísimo dolor. Y como resulta que, según la costumbre de la dicha ciudad, mujeres con mujeres y hombres con hombres se juntan en tal tristeza, muchas damas se juntaron allí donde esta Beatriz lloraba piadosamente (1); por donde viendo yo alguna damas que volvían de ella, oí sus palabras sobre esta gentilísima, como se lamentaba; después de lo cual oí que decían: Ciertamente tanto llora ella que quien la mirase debería morir de piedad. Pasaron entonces estas damas; y yo quedé en tanta tristeza, que alguna lágrima bañaba entonces mi rostro, y yo me cubría llevándome las manos muchas veces a los ojos: y si no fuera que quería oír más de ella, y como estaba en un lugar por donde pasaban la mayoría de aquellas damas que de ella partían, me habría escondido inmediatamente que las lágrimas habíanme brotado. Pero quedándome todavía en el mismo lugar, pasaron damas cerca de mí, la que razonaban entre ellas de esta manera; ¿Quién puede estar más consolada que nosotras que hemos oído hablar a esta dama tan piadosamente?. Y después pasaron otras damas que venían diciendo; ¿Y éste quién es que llora tanto como si la hubiera visto como nosotros?. Otras después decían de mi: Mira a éste que no parece lo que era, tal se ha venido!. Y así pasando estas mujeres, oí que hablaban de ella y de mi de la manera dicha. Por donde pensando yo, me propuse decir palabras, porque dignamente tenía razón de decirlas, en las cuales encerrase todo lo que había oído de estas damas; y aunque voluntariamente les habría preguntado si no hubiera sido inconveniente, sin embargo logré tanto material para decir como si les hubiera preguntado y me hubieran respondido. Hice entonces dos sonetos; y en el primero pregunto lo que me había dado ganas de preguntar; en el otro digo la respuesta de ellas, tomando lo que había oído de ellas como si hubieran respondido a mis preguntas. Y comencé el primero: Vosotras que lleváis humilde el semblante, y el otro: ¿Eres tú el que ha hablado frecuentemente.

VOSOTRAS QUE LLEVAIS SEMBLANTE HUMILDE,
los ojos bajos mostrando dolor,
¿De dónde venís que vuestro color
volvióse a la piedad tan semejante?
¿Visteis vosotras nuestra gentil dama
bañar en su rostro de llanto Amor?
Decídmelo, damas, que el corazón me lo dice,
porque os veo andar sin acto vil.(2)
Y si venís desde tanta piedad
que os plazca estar un poco aquí conmigo,
y lo que sepáis de ella, no me lo ocultéis.
Veo que vuestros ojos han llorado
y veoos volver tan trastornadas,
que el corazón me tiembla de veros tanto.

Este soneto se divide en dos partes: en la primera llamo y pregunto a estas damas si vienen de ella, y les digo que así lo creo viéndolas casi amortecidas; en la segunda les ruego que me hablen de ella. La segunda comienza: Y si venís. Aquí sigue el otro soneto, como dijera antes:

¿ERES TU AQUEL QUIEN FRECUENTAMENTE TRATABA
de nuestra dama, solo a nosotras hablando?
Te le pareces mucho en la voz,
mas la figura paréceme de otro.
¿Y porqué tan de corazón lloras
que de los demás la piedad provocas?
¿La has visto llorar, tú, que no puedes
al momento ocultar la dolorosa mente?
Déjanos a nosotras llorar, y tú triste vete,
(que es pecado el que nunca se consuela,)
que en su llanto la oímos hablar.
Tanto en el rostro la piedad está inscrita,
que de nosotros, quien la hubiese querido mirar,
hubiera ante ella caído muerta.

Este soneto tiene cuatro partes, de acuerdo a los cuatro modos con que estas damas me hablaron y a las que respondo; pero como son de por sí muy manifiestos, no entro a exponer el sentido de las partes, pero con todo las distinguiré solamente. La segunda comienza aquí: ¿y porqué lloras; la tercera: Déjanos a nosotras; la cuarta Tanto en el rostro.

XXIII

Pocos días después sucedió que en alguna parte de mi persona me alcanzó una dolorosa enfermedad, por donde sufrí durante nueve días amarguísima pena; la cual a tanta debilidad me llevó, que me era mejor quedarme como aquellos que no se pueden mover. Digo pues que en el noveno día, sintiéndome doler intolerablemente, me llego un pensamiento, el cual era de mi dama. Y cuando hube pensado un tanto en él, y volviéndome a pensar en mi debilitada vida, y viendo cuán ligero era su durar, aunque estuviese sana, así entonces me puse a llorar entre mí mismo de tanta miseria. Por donde fuertemente suspirando me dije a mí mismo: Necesariamente corresponde que alguna vez la gentilísima Beatriz muera. Y con todo me llegó una tan fuerte turbación, que cerré los ojos y comencé a desvariar como un frenético y a imaginar de esta manera; que al comienzo del divagar que hizo mi fantasía aparecieron ciertos rostros de damas desmelenadas que me decían: Y seguro tú también morirás. Y luego, después de estas damas, se me aparecieron ciertos rostros extraños y horribles de ver, que me decían: Tú estás muerto. Comenzando así a vagar mi fantasía, vine a cuentas que no sabía donde me encontraba; y parecíame ver damas ir y venir desmelenadas llorando por allí, asombrosamente tristes; y parecíame que el Sol se oscurecía, tanto que las estrellas me parecían de un color que las juzgara que estuvieran llorando; y parecíame que los pájaros volando por el aire caían muertos, y que sucedían gravísimos terremotos. Y maravillándome de tal fantasía, y espantándome mucho, imaginé que algún amigo venía a decirme: ¿No lo sabes? Tu admirable dama partió de este siglo Comencé entonces a llorar muy lamentablemente, y no solamente lloraba en imaginación, sino que lloraba con los ojos, bañándolos de lágrimas verdaderas. Me imaginaba que miraba hacia el Cielo, y parecíame ver una multitud de ángeles que se volvía asuso, y los precedía una nube blanquísima. Y parecíame como que estos ángeles cantaban gloriosamente, y las palabras de su canto me parecía que fueran estas: Osanna in excelsis (3); y no me parecía oír otra cosa. Entonces parecióme que el corazón, donde había tanto amor, me decía Verdad es que muerta yace tu dama. Y por ésto me pareció que iba a ver el cuerpo en el que había estado aquella nobilísima y bienaventurada alma; y fue tan fuerte la errónea fantasía, que me mostró a esta dama muerta: y me parecía como que damas la cubriesen, es decir la cabeza, con un velo blanco; y parecíame que su rostro tenía una aspecto de tanta humildad que parecía decir; Estoy viendo el principio de la paz. En esta imaginación me llegó tanta humildad de verla, que llamaba a la Muerte y decía: Dulcísima Muerte, ven a mi, y no me seas vil, porque tu debes ser gentil, habiendo estado en tal parte! Ahora, ven a mi, que ya tengo tus colores. Y cuando hube visto cumplidos todos los dolorosos oficios que a los cuerpos de los muertos se acostumbra hacer, me parecía que me volvía a mi recámara y allí me parecía que miraba al Cielo; y tan fuerte era mi imaginación, que llorando comencé a decir de viva voz: ¡Oh alma bellísima, cuan feliz es quien te ve!. Y diciendo yo estas palabras con sollozos de llanto, y llamando a la Muerte que viniese a mí, una dama joven y gentil, que estaba junto a mi lecho, creyendo que mi llanto y mis palabras fueses solamente por el dolor de mi enfermedad, con gran temor se lanzó a llorar.
Entonces otras damas que estaban en la habitación, advirtieron que yo lloraba, por el llanto que veían en ella; por donde haciendo que se alejara de mi, la cual era pariente mía de muy cercana consanguinidad, se acercaron a mi para despertarme, creyendo que soñaba y me decían: Ya no duermas y No desmayes. Y en hablándome así, cesó la fuerte fantasía en aquel punto cuando yo iba a decir: ¡Oh Beatriz, bendita eres! , y ya había dicho ¡Oh Beatriz!, cuando recostándome abrí los ojos, y vi que me había engañado. Y a pesar de que la llamara con ese nombre, mi voz estaba tan quebrada por el sollozo del llanto, que estas damas no pudieron comprenderme, según me parecía; y sucedió entonces que mucho me avergonzaba, y sin embargo por un amonestación de Amor me volví a ellas. Y cuando me vieron, comenzaron a decir: Este parece muerto, y a decir entre ellas: Procuremos reconfortarlo; y así me decían muchas palabras de confortación; y a veces me preguntaban de qué había tenido miedo. Por donde yo, un poco reconfortado, y reconocido el falaz imaginar, les respondí: Os diré lo que he tenido. Entonces comenzando del principio hasta el fin, les dije lo que había visto, callando el nombre de esta gentilísima. Por donde después sanado de esta enfermedad, me propuse decir palabras de lo que me había ocurrido, porque me parecía que era algo amoroso de oír; y entonces dije esta canción; Dama piadosa y jovencita, ordenada así como lo manifiesta la subsiguiente división.

DAMA PIADOSA Y JOVENCITA,
ornada mucho de humanas gentilezas,
que allí estabas donde clamaba yo harto a la Muerte,
viendo mis ojos de piedad llenos,
y atendiendo a las palabras vanas,
te moviste con temor a llorar fuerte.
Y otras damas que me advirtieron
por la que a mi lado lloraba,
la hicieron salir fuera,
y se apresuraron a despertarme.
Una decía - No duermas -,
Otra decía: - ¿Porqué así te angustias? -.
Dejé entonces a la nueva fantasía,
clamando el nombre de la dama mía.

Mi voz tan dolorosa era,
y tan quebrada por el angustioso llanto,
que sólo yo en mi corazón oí su nombre;
y con baja la mirada avergonzada
que tanto en mi rostro habíase mostrado,
me hizo a ellas volverme Amor..
Ellas veían en mi tal color
que les hacía pensar en la muerte.
- Vamos, consolemos a éste -
rogaba una a la otra humildemente,
y decían frecuentemente:
- ¿Que es lo que vistes que has perdido el valor? -.
Y cuando un poco reconfortado estuve,
les dije: - Damas, he de decirlo a vosotras.

Mientras pensaba yo en mi frágil vida,
y veía su durar cómo es ligero,
gemíame Amor en el corazón, en donde mora,
porque mi alma estaba tan perdida,
que suspirando decía en pensamiento:
- ¡Bien corresponde que mi dama muera! -
Me allegó una tal debilidad entonces,
que cerré los ojos vilmente onerosos,
y estaban tan acobardados
mis espíritus, que todos se iban vagando;
y después imaginando,
de conocimiento y de verdad perdido,
irritados rostros de dama vi mostrarse,
que mismo me decían: - ¡Muérete, muérete! -.
Después vi muchas cosas dudosas,
en el vano imaginar en el que entrara;
y estar me parecía no sé en dónde,
y vi a damas andar desmelenadas,
cual lagrimeando, cual lamentando,
que de tristeza asaeteaban fuego (4).
Después me pareció ver de a poco a poco
turbarse el Sol y aparecer la estrella,
y llorar a él y a ella;
caer las aves volando en el aire,
y la Tierra temblar;
y un hombre apareció descolorido y ronco,
diciéndome: - ¿qué haces, ignoras la nueva?
Muerta es tu dama, que era tan bella!. -
Alzaba mis ojos bañados en llanto,
y veía, como lluvia de maná semejantes,
los ángeles tornando suso al Cielo,
y una nubecilla que les precedía,
siguiendo a la cual gritaban todos: - Osanna -;
y si otra cosa hubieran dicho, os lo diría.
Entonces decía Amor: - Nada ya te oculto,
Ven a ver nuestra dama que yace. -
El imaginar falaz
me condujo a ver la dama muerta;
y cuando estuve junto a ella
veía damas cubriéndola de un velo;
y en sí tenía una humildad certera,
que parecer decía: - Yo estoy en paz. -
Tan humilde me volvía en mi dolor,
viendo en ella tanta humildad formada,
que decía: - Muerte, por tan dulce te tengo;
debes tú ya de ahora en más ser gentil,
porque tú has en mi señora estado,
y haz de tener piedad y no desdén.
Mira que si deseoso vengo
a ser de los tuyos, pues yo en verdad me parezco a tí..
Ven, que el corazón te llama. -
Después me iba, consumado todo duelo;
y cuando estaba solo,
decía, mirando al alto reino:
- ¡Feliz, alma bella, quien te ve! -

Entonces, vuestra merced (5), me despertasteis.

Esta canción tiene dos partes: en la primera digo, hablando a indefinida persona, cómo fui sacado de una vana fantasía por ciertas damas, y cómo prometí contarla a ellas; en la segunda digo cómo se los dije. La segunda comienza aquí: Mientras pensaba yo. La primera parte se divide en dos: en la primera digo lo que ciertas damas, y una sola, dijeron e hicieron por mi fantasía, antes que yo hubiera retornado en una condición veraz; en la segunda digo lo que estas damas me dijeron, después que dejé de estar frenético; y esta parte comienza aquí: Mi voz tan dolorosa era. Después cuando digo: Mientras pensaba yo, digo como les conté esta mi imaginación. En torno a lo cual hay dos partes: en la primera cuento ordenadamente esta imaginación; en la segunda, diciendo en qué momento me llamaron, le agradezco ocultamente(6); y comienza aquí esta parte: Entonces, vuestra merced.

VITA NUOVA XIX-XXI

XIX

Ocurrió entonces que yendo por un camino, junto al cual corría un muy claro arroyo(1) , me sobrecogió tan grande voluntad de decir, que comencé a pensar en la manera que había de hacerlo; y pensé que hablar de ella no correspondía que yo lo hiciera, a no ser hablando a segundas personas, y no a cualquier mujer, mas solamente a las que son gentiles y que no son solo hembras. Digo entonces que mi lengua habló casi como moviéndose por sí misma, y dijo: Damas que tenéis entendimiento de amor. Guardé estas palabras en mi memoria con gran alegría, pensando tomarlas para el comienzo; por donde vuelto luego a la dicha ciudad, pensando algunos días, comencé una canción con aquel comienzo, ordenada en la forma que se verá luego en su división. La canción comienza: Damas que tenéis.

DAMAS QUE TENEIS ENTENDIMIENTO DE AMOR
voy a hablaros de mi dama;
no porque crea su alabanza agotar,
sino para razonar y desahogar la mente.

Digo que pensando en su valor,
Amor tan dulcemente me hace sentir,
que si entonces no menguara mi ardor,
hablando haría enamorar la gente:
y no voy a hablar tan altamente
que por audacia me haga vil (2);
mas trataré de su estado gentil
hablando de ella deferentemente,
damas y doncellas, con vosotras,
que no es cosa de hablar con otras.

Un Angel clama en el divino intelecto
y dice: "Señor, en el mundo se ve
una maravilla en el acto que procede(3)
de un alma que hasta aquí arriba resplandece".
El Cielo, que otro defecto no tiene
que el no tenerla, a su señor la pide,
y cada santo clama merced.
Sólo Piedad nuestra parte defiende,
porque dice Dios que de mujer entiende:
"Amados míos, ahora bien sufrid en paz,
que vuestra espera (4) sea cuanto me plazca,
porque hay uno allá que de no perderla se cuida,
y que dirá al infierno: "¡Oh mal nacidos!
¡Yo vi la esperanza de los santos!"

Deseada es la Dama en el alto Cielo:
quiero ahora de su virtud haceros saber.
Digo que quien quiera ser dama gentil
con ella vaya, que cuando va en un camino,
pone Amor en el corazón villano un hielo
que todo su pensar se congela y muere;
y todo el que sufriera de quedarse a verla
se haría un algo noble o moriría.
Y cuando encuentra a alguno que digno fuera
de verla, ése experimenta su virtud,
porque recibe, lo que le da, para salud,
y lo hace tan humilde que toda ofensa olvida.
Aún Dios por mayor gracia le ha concedido
que terminar mal no pueda a quien ella le ha hablado.

De ella dice Amor: "Cosa mortal
¿cómo puede ser tan bella y pura?"
Después la mira, y dentro de si jura
que Dios intenta de ella hacer cosa nueva.

Color de perlas tiene de la manera
como conviene a dama tener, no sin mesura;
ella es cuanto de bien puede hacer natura;
es el ejemplo por el que se prueba la belleza.
De sus ojos, comoquiera ella los mueva,
surgen espíritus inflamados de amor,
que hieren los ojos de quien entonces la mira,
y tanto lo traspasan que al corazón llegan:
vos la veréis Amor pintado en el rostro,(5)
allí donde nadie puede mirarla fijo .

Canción, yo sé que rondarás hablando
a muchas damas, cuando incitado te haya.
Ahora bien, te advierto, yo, que te he criado
como hijuela de Amor, joven y llana,
que adonde llegues digas rogando:
"Enséñenme a donde ir, pues soy mandada
a aquella de cuya alabanza estoy adornada".
Y si no quieres ir en vano,
no has de quedarte donde haya gente villana;
empéñate, si puedes, en ser franca
sólo con dama o con hombre cortés,
que han de conducirte allá por caminos llanos.
Encontrarás a Amor, junto a él a ella;
recomiéndame a él como debes.

Esta canción, para que mejor se entienda, la dividiré con mayor artificio que las otras anteriores. Así pues primero haré tres partes: la primera es proemio de las siguientes; la segunda es el objetivo tratado; la tercera es como un servicio en honor de las precedentes. La segunda comienza aquí: Un Angel exclama; la tercera aquí: Canción, yo sé que. La primera parte se divide en cuatro: en la primera digo a quien quiero hablar de mi dama, y porqué quiero hablar; en la segunda digo como creo sentirme cuando pienso en lo que vale, y lo que yo diría si no decayera mi ardor; en la tercera digo como creo deber hablar de ella, en caso que la vileza no me lo impida; en la cuarta, repitiendo a quien me propongo hablar, digo la razón por la cual les hablo. La segunda comienza aquí: Digo que; la tercera aquí: y no voy yo ha hablar; la cuarta: damas y doncellas. Después cuando digo: Un Angel clama, comienzo a tratar de esta dama. Y esta parte divídese en dos: en la primera digo lo que de ella se entiende en el Cielo; en la segunda digo lo que de ella se entiende en la Tierra, allí: Deseasa es la Dama. Esta segunda parte se divide en dos; porque en la primera hablo de ella en cuanto a la nobleza de su alma, narrando un poco de sus virtudes efectivas que de su alma proceden; en la segunda hablo de ella en cuando a la nobleza de su cuerpo, narrando algo de sus bellezas, allí: De ella dice Amor. Esta segunda parte se divide en dos: porque en la primera hablo de algunas bellezas que son de toda la persona; en la segunda hablo de algunas bellezas que son según determinada parte de la persona, allí: De sus ojos. Esta segunda parte se divide en dos: porque en la primera hablo de sus ojos, que son principio de amor; en la segunda hablo de la boca, la cual es fin de amor. Y para que de aquí se quite todo pensamiento vicioso, recuérdese quien nos lee que arriba está escrito que el saludo de esta dama, el cual era acto de su boca, fue el fin de mis deseos hasta tanto los pude recibir. Después cuando digo: Canción, yo sé que rondarás, agrego un párrafo como siervo de lo anterior, en el cual digo lo que deseo de mi canción, y porque esta parte es fácil de entender, no me ocupo de más divisiones. Digo bien, que a más abrir la comprensión de esta canción, sería necesario hacer uso de más menudas divisiones; pero sin embargo quien no es de tanto ingenio que por estas que han sido hechas no la pueda entender, a mi no me desagrada si la deja de lado; porque ciertamente temo de haber comunicado demasiado su comprensión inclusive con estas divisiones que fueron hechas, si llegara a ocurrir que muchos las pudieran oír.

XX
Después de que esta canción tuviera alguna divulgación entre las gentes, de manera que ocurrió que algún amigo la oyera, a éste lo movió la voluntad de rogarme que yo le debía decir qué es Amor, teniendo tal vez por las oídas palabras confianza en mí más de lo que vale. Por donde yo pensando que después de tal tratado, bello sería tratar un poco de Amor, y pensando que el amigo debía ser servido, propúseme decir palabras en las que tratase de Amor; y entonces dije este soneto, que comienza: Amor y el corazón gentil.

AMOR Y CORAZON GENTIL SON UNA COSA,
como el sabio en su dictamen pone,
y así no puede ser el uno sin el otro,
como sin razón el alma racional.
Hízolos natura cuando es amorosa,
Amor por señor y el corazón por su morada,
dentro de la cual durmiendo reposa
a veces breve otras larga demora.
Muéstrase luego belleza en sabia dama
que a los ojos place tanto, que dentro del alma
nace un deseo de la cosa placentera;
y talmente tanto dura en él
que a despertar fuerza al espíritu de Amor.
Y lo mismo obra en mujer hombre valiente.

Este soneto se divide en dos partes: en la primera hablo de él [Amor] en cuanto en potencia; en la segunda hablo de él en cuanto de potencia se reduce en acto.(6)La segunda comienza aquí: Muéstrase luego belleza. La primera se divide en dos: en la primera digo en quienes está esta potencia; en la segunda digo cómo este sujeto y esta potencia vienen a la realidad, y como el uno mira al otro como forma a materia. La segunda comienza aquí: Hízolos natura. Después cuando digo: Muéstrase luego belleza, digo como esta potencia se reduce en acto; y primero como se reduce en hombre, después como se reduce en mujer, aquí: Y lo mismo obra.

XXI
Después que hube tratado de Amor en la precedente rima, me vino en voluntad de querer decir, también en alabanza de esta gentilísima, palabras por las que yo mostrase como por ella se despierta este Amor, y como no solamente se despierta donde está dormido, sino también que donde no está en potencia(7), ella, admirablemente operando, lo hace venir. Y entonces dije este soneto, que comienza: En los ojos lleva

EN LOS OJOS LLEVA MI DAMA AMOR,
porque vuélve gentil lo que ella mira;
por donde pasa, todo varón vuélvese a verla,
a quien saluda el corazón le tiembla,
tanto, que bajando los ojos, muérese entero,
y de todos sus defectos allí suspira:
huyen delante de él soberbia e ira.
Ayudadme, damas, a rendirle honor.
Toda dulzura, todo pensamiento humilde,
nace en el corazón de quien hablar la siente,
por donde es alabado quien primero la ve.
Lo que de ella se ve cuando sonríe un poco,
no puede decirse ni retener en la mente,
tan nuevo milagro es y tan gentil.

Este soneto tiene tres partes. En la primera digo cómo esta dama reduce esta potencia en acto, según la nobilísima parte de sus ojos; en la tercera digo lo mismo, según la nobilísima parte de su boca: y entre estas dos partes hay una partícula, que es como un reclamo de ayuda a la precedente y a la siguiente, y comienza aquí: Ayudadme, damas. La tercera comienza aquí: Toda dulzura. La primera se divide en tres; porque en la primera parte digo como virtuosamente vuelve gentil todo lo que ve, y esto equivale a decir inducir Amor en potencia allí donde no está; en la segunda digo como reduce en acto Amor en los corazones de todos a los que mira; en la tercera digo lo que virtuosamente obra en sus corazones. La segunda comienza aquí: por donde pasa; la tercera aquí: a quien saluda. Después cuando digo: Ayudadme, damas, doy a entender a quienes es mi intención dirigirme, llamando a las damas a que me ayuden a honrarlo. Después cuando digo: Toda dulzura, digo lo mismo que he dicho en la primera parte, según dos actos de su boca:; uno de los cuales es su dulcísimo hablar, y el otro es su admirable sonrisa; salvo que no digo como este último obra en el corazón de los demás, porque la memoria no puede retenerlo en su operación.

VITA NUOVA XVI-XVIII

XVI

Después de que yo dijera este soneto, vínome voluntad de decir también palabras en las que yodijeracuatro cosas más sobre mi estado, cosas que me parecía que no habían sido ya manifestadas por mi. La primera de las cuales es que muchas veces me acongojaba, cuando mi memoria movía a la fantasía a imaginar en que forma Amor me dejaba. La segunda es que Amor muchas veces me asaltaba de pronto con tanta fuerza, que no me quedaba nada de vida sino un pensamiento que hablaba de esta dama. La tercera es que cuando esta batalla de Amor me acosaba así, yo me allegaba casi completamente pálido para ver a esta dama, creyendo que su vista me protegería de esta batalla, olvidando lo que me ocurría al acercarme a tanta gentileza. La cuarta es que tal visión no solamente no me defendía, sino que precisamente venía a destruir mi pobre vida. Y entonces dije este soneto, que comienza: Muchas veces.

MUCHAS VECES VIENEN A MI MENTE
las oscuras cualidades(7) que Amor me otorga,
y me viene el apiadarme,
tanto que muchas veces digo:
"¡Cuitado! ¿Le ocurre lo mismo a otros?";
que Amor me ataca súbitamente,
tanto que la vida casi me abandona:
sobrevive en mi un espíritu vivo solamente,
y que se queda porque de vos razona.
Después me esfuerzo que ayudarme quiero;
y así muerto, de todo valor vacío,
vengo a veros, a sanar creyendo,
y si alzo los ojos para mirar,
comiénzame en el corazón un terremoto,
que fuerza a los pulsos a partir del alma.(8)

Este soneto se divide en cuatro partes, según que en él se narran cuatro cosas; sin embargo como ya están de antes razonados, no me ocupo sino de distinguir las partes por su comienzo: Por eso digo que la segunda parte comienza aquí: que Amor; la tercera aquí: Después me esfuerzo; la cuarta aquí: y si alzo.

XVII
Después de decir estos tres sonetos, en los que me dirigí a esta dama, y que sin embargo describieron casi todo mi estado, creyendo que era hora de callar y no decir más, porque me parecía haberme manifestado suficientemente sobre mi, resultó que de allí en más dejara de hablarle a ella, me conviene pues asumir materia nueva y más noble que la anterior). Pero como la razón de la nueva materia es deleitable de oír, la diré a la mayor brevedad.

XVIII
Ya sea que por mi aspecto muchas personas habían comprendido el secreto de mi corazón, ciertas damas, que se habían reunido deleitándose una en la compañía de la otra, conocían bien mi corazón, porque muchas de ellas habían asistido a muchas de mis derrotas; y pasando yo cerca de ellas, como llevado por la fortuna, fui llamado por una de estas gentiles damas. La dama que me había llamado, era dama de muy alegre y amable hablar; y cuando estuve junto y cerca de ellas, y vi con certeza que mi gentilísima dama no estaba con ellas, sintiéndome seguro las saludé, y pregunté que deseaban de mi. Eran muchas damas, entre las cuales había algunas que se reían entre sí. Había otras que me miraban, esperando lo que había de decir. Otras conversaban entre ellas. De las cuales una, volviendo los ojos hacia mi y llamándome por el nombre, dijo estas palabras: ¿Con qué fin amas tú a esta tu dama, sino puedes sustentar su presencia?. Dínoslo, porque ciertamente es necesario que tal amor termine de forma extraordinaria. Y después que dijo estas palabras, no sólo ella, sino todas las demás se pusieron a mirarme esperando mi respuesta. Entonces les dije estas palabras: Señoras, el fin de mi amor era que yo lograra el saludo de esta dama, de la cual tal vez os referís, y en ello estaba mi felicidad, porque era el fin de todos mis deseos. Pero porque le plugo negármelo mi señor Amor, su merced ha puesto toda mi felicidad en aquello que no me puede faltar. Entonces aquellas mujeres comenzaron a conversar entre ellas; y así como a veces vemos caer agua mezclada con bella nieve, así me pareció sentir que decían palabras mezcladas con suspiros. Y después de un tanto de conversar entre ellas, entonces esta señora que me había hablado antes me dijo: Te rogamos que nos digas dónde queda esta tu felicidad. Y yo, respondiéndole, le dije sólo ésto: En aquellas palabras que alaban a mi dama. Entonces me respondió la que me hablaba: Si estás diciendo la verdad, las palabras que nos has dicho refiriéndonos tu situación, las habrás dicho con otra intención. Y yo, pensando en estas palabras, como avergonzado me retiré de ellas, y iba diciéndome a mi mismo: Ya que hay tanta felicidad en las palabras que alaban a mi dama, ¿porqué otras han sido las mías?. Y me propuse entonces que el tema de mi charla fuera siempre lo que fuera en alabanza de esta gentilísima; y pensando mucho en ello, me parecía que mi empresa era de tema demasiado elevado para mí; por lo que me demoré algunos días deseando decir y temiendo comenzar.

VITA NUOVA XIII-XV

XIII
Después de esta visión y habiendo dicho las palabras que Amor me había impuesto decir, comenzaron muchos y variados pensamientos a combatir en mi y a tentarme, casi todos sin posibilidad de defensa: entre los cuales pensamientos, cuatro me parecen que más turbasen el descanso de la vida. Uno de ellos era: Buena es la señoría de Amor, pues aleja el entendimiento de su fiel de todas las cosas viles. Otro era éste: No es buena la señoría de Amor, porque cuanto más su fiel más fiel es, tanto más grave y dolorosos momentos le es necesario pasar. Otro era éste: El nombre de Amor es tan dulce de oír, que me parece imposible que su operación en la mayoría de las cosas no sea otra que dulce, porque es verdad que los nombres siguen a las cosas nombradas, como está escrito: Nomina sunt consequentia rerum(1) . El cuarto era éste: La dama por la que amor te obliga así, no es como las otras damas, que ligeramente cambie de corazón. Y cada uno me combatía con tanta fuerza que me hacían estar como aquel que no sabe por cuál vía seguir su camino, que quiere ir, y no sabe a donde está yendo. Y si se me ocurriera encontrar una vía común a todos, es decir un lugar donde todos se pusieran de acuerdo, esta posibilidad no me era permitida, es decir clamar y meterme en los brazos de la Piedad. Y demorado en este estado, me vino voluntad de escribir palabras en rima, y dije entonces este soneto:

TODOS MIS PENSAMIENTOS HABLAN DE AMOR,
y son tan variados,
que uno me hace querer su señoría,
otro afirma que su dominio es locura,
otro en su esperanza me trae dulzor,
otro me hace muchas veces llorar;
y solo se acuerdan en pedir piedad,
temblando del miedo que anida en el corazón.
Por donde no se cuál razón elija;
y quisiera decir y no sé qué decirme:
¡Tal me encuentro en amoroso extravío!.
Y si quiero ponerlos a todos de acuerdo,
me es necesario llamar a mi enemiga,
señora Piedad, para que me defienda.

Este soneto en cuatro partes puede dividirse: en la primera digo y propongo que todos mis pensamientos son de Amor; en la segunda digo que son varios y narro su diversidad; en la tercera digo en qué parecen todos acordarse; en la cuarta digo que queriendo hablar de Amor, no sé de qué lado decidirme; y si quisiera asumirlos todos, es necesario que llame a mi enemiga, señora la Piedad(2). Digo señora por forma desdeñosa de hablar. La segunda parte comienza aquí: Y son tan variados; la tercera aquí: Y sólo se acuerdan; la cuarta: Por donde no sé

XIV
Después de la batalla de los diversos pensamientos, ocurrió que este gentilísima vino a un lugar donde varias damas gentiles estaban reunidas; al cual lugar fui conducido por persona amiga, quien creía darme gran placer al llevarme allí donde tantas damas mostraban su belleza. Yo por mi parte, casi no sabiendo a donde era llevado, y fiándome de la persona, la cual un amigo suyo a la extremidad de la vida así lo había conducido, le dije: ¿Por qué hemos venido a estas damas? Y me dijo: Para hacer de manera que ellas sean bien servidas. Lo cierto fue que reunidas allí estaban en compañía de una gentil dama que se había desposado ese día; y de acuerdo a la costumbre de la dicha ciudad, convenía que le hicieran compañía cuando por primera vez se sentara a la mesa preparada en la casa de su nuevo esposo. Y así creyendo yo agradar a este amigo, le propuse ponernos ambos al servicio de las damas. Y al terminar mi proposición, me pareció sentir un extraño temor que comenzaba en mi pecho de lado izquierdo y se expandía de pronto por todas las partes de mi cuerpo. Digo que entonces apoyé mi persona disimuladamente en una pintura, que circundaba esta sala; y temiendo que algunos advirtieran mi temblor, alcé los ojos, y mirando a las damas, vi entre ellas a la gentilísima Beatriz. Entonces quedaron tan destruidos mis espíritus por la fuerza que Amor adquirió viéndose tan cerca de la gentilísima dama, que sólo quedaron con vida en mí los espíritus de la vista; y aún éstos fuera de sus instrumentos, porque Amor quería ocupar su nobilísimo lugar para ver a la admirable dama. Y ocurrió entonces que vine a ser otro que antes(3), mucho me dolía de estos espiritillos, que fuertemente se lamentaban y decían: Si éste no nos arrojase así fuera de nuestro sitio, podríamos estarnos a mirar la maravilla que esta dama es, así como lo están los otros de nuestros pares(4).. Digo que muchas de estas damas apercibiéndose de mi transfiguración, comenzaron a maravillarse, y razonando entre ellas se burlaban de mi con esta gentilísima: por donde el engañado amigo de buena fe me tomó de la mano y sacándome fuera de estas damas, me preguntó qué era lo que me pasaba. Entonces yo, reposado un tanto, y resurgidos mi muertos espíritus, y los expulsados regresados a sus posesiones, dije a este amigo estas palabras: "Puse los pies en aquella parte de la vida, más allá de la cual no se puede ir con pensamiento de retornar". Y separándome de él, me volví a la cámara de las lágrimas; en la que llorando y avergonzándome, me decía a mí mismo: "Si esta dama conociera mi condición, no creo que así se burlara de mi persona, antes creo que la consideraría con mucha piedad". Y estando en este llanto, me propuse decir palabras, en las que, hablando de ella, significara la razón de mi transfiguración, y dijera que yo bien se que ella no sabía, y que si hubiera sabido, la piedad hubiera llegado a ella; y me propuse decirlas, deseando que por ventura llegaran a sus oídos. Y dije entonces este soneto, que comienza: Con otras damas.

CON OTRAS DAMAS DE MI FIGURA OS SOLAZASTEIS,
y no pensaste, dama, de donde viene
que os aparezca con tan nueva figura,
cuando contemplo la beldad vuestra.
Si lo supieseis, no podría piedad
sostener en contra mía gran resistencia,
porque Amor, cuando tan cerca de vos me encuentra,
se vuelve audaz y con firmeza tal,
que golpea a mis medrosos espíritus,
y a uno mata, y al otro echa fuera,
y así sólo él queda para veros a vos:
por eso yo me mudo en figura de otro,
pero no tanto que no perciba bien entonces
el dolor de los atormentados arrojados fuera.

No divido este soneto en partes, pues la división no se hace sino para abrir el sentido de la cosa dividida; entonces, como es cosa que por su razonada razón está muy manifiesta, no hay necesidad de división. Verdad es sin embargo que entre las palabras en las que se manifiesta la razón de este soneto, se escriben dudosas palabras, como cuando digo que Amor mata a todos mis espíritus, y los visivos quedan con vida, salvo que fuera de sus instrumentos. Y esta duda es imposible de resolver a quien no fuera en grado semejante fiel de Amor; y a aquellos que lo son, les es manifiesto aquello que resolvería las dudosas palabras; por eso no me corresponde dilucidar tales dudas, porque tal divulgación mía sería inútil, o en verdad superflua.

XV
Después de mi transfiguración, me llego un fuerte pensamiento, que no se alejaba mucho de mí, pero me reprendía continuamente, y tenía este razonamiento conmigo: "Puesto que tú llegas a tan ridículo aspecto, cuando estás cerca de esta dama, ¿porqué entonces insistes en verla? Supongamos que ella te preguntara ¿qué habrías de responderle, suponiendo que tuvieras libres cada una de tus facultades de manera que pudieras responderle?". Y a éste respondía un otro humilde pensamiento que decía: "Si yo no perdiera mis facultades, y estuviera tan libre que pudiera responderle, le diría que, así que pienso en su admirable belleza, tanto luego me nace un deseo de verla que es de tanto poder, que mata y destruye en mi memoria todo lo que en su contra podría alzarse: y sin embargo los sufridos pasados afanes no me retraen de querer volver a verla". Por donde, movido de tales pensamientos, propúseme decir palabras en las que, excusándome ante ella de aquellas reprensiones, hablase también de lo que me ocurre estando cerca de ella; y dije este soneto, que comienza: Lo que me ocurre.

LO QUE ME OCURRE EN LA MENTE, MUERE,
cuando vengo a vos veros, bella alegría,
y cuando os estoy cerca, siento a Amor
que dice: "Huye, si perecer te contrista".
El color del corazón muestra el aspecto,
pues, desfalleciendo, donde puede se apoya(5) ;
y por el fervor del estremecimiento enorme
parece que las piedras claman(6): "Muera, muera".
Peca quien me viese así entonces
si al alma conturbada no conforta,
con sólo demostrar que de mi se duele,
por la piedad, que vuestra befa extingue,
que nace del aspecto muerto
de los ojos, que su propia muerte quieren.

Este soneto se divide en dos partes: en la primero digo la razón por la que no me retengo de ir junto a esta dama; en la segunda digo lo que me pasa por estar cerca de ella; y comienza esta parte allí: y cuando os estoy cerca. Y esta segunda se divide también en cinco, conforme a cinco diferentes narraciones: de las cuales en la primera digo lo que Amor, aconsejado de la razón, me dice cuando estoy cerca de él; en la segunda manifiesto el estado del corazón por el ejemplo de la vista; en la tercera digo como toda seguridad en mi se desvanece; en la cuarta digo que peca quien no muestra tenerme piedad, lo que me reconfortaría de alguna manera; en la última digo porqué otros debería tener piedad, y ello por el penoso aspecto que a mis ojos alcanza; el cual penoso aspecto está borrado, es decir no aparece a otros, por la burla de esta dama, que conduce a un símil sentimiento a aquellos que tal vez percibirían esta piedad. La segunda comienza aquí: el color del corazón; la tercera aquí: y por el fervor; la cuarta: peca quien me viese; la quinta: por la piedad.